La oscuridad de la luz
La oscuridad de la luz
Fotografía de Paul Garnier en el Centro de Cultura del TEC Campus Cartago
Por: Luis Quirval
La muestra enfrenta a uno de los misterios, pero a la vez
contradicciones del ser: creer, la fe. San Juan predica una frase contundente al
abrir su evangelio: “Dios es luz y las oscuridades no prevalecerán sobre Él” (Jn1-5).
Mi comprensión y la reflexión derivada es que Dios al manifestarse
como una calidad de la luz al cien por cien, disgrega que ninguno de nosotros
los humanos nos acercamos a ese grado de pureza, excepto quienes andan “encandilados”
por su cercanía y que llamamos santos. Se trata de un grado de sintonía a una
energía espiritual, y aunque las tinieblas no lo pueden afectar por lo general
está rodeado por tinieblas: las personas que aceptaron esa misión pero los
domina los oscuros deseos; de ahí que se diga que no hay luz sin sombras.
El fenómeno induce a referir a arquetipos de individuos cuya
espiritualidad influye en la asimilación de la luz que ubica cerca o lejos del
Espíritu, además que tanto la luz como las sombras arrojadas por la personalidad
son una gama de diversidad de caracteres, signos que van a ser leídos para
comprender una obra como la que exhibe.
El arte acerca, pero igual requiere disciplina y profundidad
de comprensión del espacio de lo sagrado que el evangelista también llama “amor”.
Sin embargo en tiempos tan contradictorios y violentos el amor también mata.
El pintor “maldito” de Roma Papal, Michelangelo Merisi Il
Caravaggio, abre mejor a esta perspectiva.
Trasciende que transportaba la luz del sol al interior del
estudio a través de espejos, pero se sabe que además de portar la luminosidad lo
hacía con las sombras de la calle, la maledicencia, con el significado que
suele darse a esta connotación y que oscureció la vida de este personaje. De
manera que es comprensible en esta muestra de un tema tan singular, “La Oscuridad
de la luz” motive a definir la luz+sombra, binomio indivisible o noción sagrada
la cual suele estar afectada por el acecho de las tinieblas a sus seguidores.
La pedofilia es una problemática que ha ofuscado aún más las
sombras en lo eclesial; a los seminarios se les cuela sacerdotes que no logran
despejar las sombras en su sexualidad, la pulsión sexual es una fuerza que
gravita en el ser humano compleja de desligar pues es su naturaleza aún, siendo
religiosos se exponen al influjo de la belleza, y han trascendido casos
funestos los cuales la sociedad intenta erradicar con cárcel y por ello
aterroriza.
Otra inflexión es que el ritual es propio de lo sagrado, y
trasciende desde la iglesia primitiva que se celebra a un cordero inmolado, y
son las criaturas más indefensas las que salen con los signos de tales ritos-
Este es el argumento que cuece Garnier con este ejercicio creativo tan crítico
y a la vez críptico.
El artista Paul Garnier toca puntos muy álgidos de las
relaciones interpersonales, y la psicología humana encasilla a ese arquetipo
que arroja sus escurridizas sombras, como considerar las sotanas como una
sombra carcelera para aquellos jóvenes y adolescentes que ceden ante el influjo
maledicente de una violación.
La muestra es en suma importante de ser vista, para que cada
uno de nosotros se enfrente a esas oscuridades que rondan en torno a lo divino o
sagrado que puede haber en la interioridad, cuando no se es fiel a la vocación
o falta de fidelidad para con la misión-, y logremos despejarlas ayudando de alguna manera asentando una conciencia crítica
que motive leer los signos tan diestramente hilados y que Garnier dramatiza mostrando
las heridas o lenguaje de su propuesta tan cruda, drama que envuelve al espectador quien sale
igualmente agredido por el poder de la imagen y la reflexión que deriva
mientras se aprecia el rito de inmolación.



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